Las siguientes reflexiones dieron inicio a la historia que intentaré contar, durante una pesada tarde de verano, en una mesa del bar El Coleccionista, en Florencio Balcarce y Rivadavia, barrio de Caballito. Muchos años atrás en el mismo sitio funcionaba el bar El Cóndor, famoso ya por las reuniones que allí realizaban tres amigos que terminaron envueltos en uno de los hechos más misteriosos que pudiera yo recordar. Es sorprendente como desde nuestra subjetividad podemos alterar las coordenadas del espacio y tiempo y permitir que diferentes realidades puedan llegar a convivir simultáneamente. Porque aunque sentado en una mesa de El Coleccionista, yo tenía la impresión de encontrarme en El Cóndor, con las mismas sensaciones de antaño en el mismo lugar, evocando interminables tardes pobladas de charlas, lecturas y cafés. Tenía reminiscencias muy vívidas; como la imagen del mozo que cubría el turno vespertino. Como bien sabe todo habitué de cualquier bar de Buenos Aires, la relación y confianza entre mozo y cliente establece un vínculo muy especial. Con Carlitos también era así, pero aunque era una persona sumamente amable y un excelente profesional, había algo en él que íntimamente me perturbaba de manera incontrolable. Traté siempre de disimularlo ante los demás, pero era algo más fuerte que yo, y me torturaba interiormente. No soy una persona impresionable, pero había algo que me impedía sostener la mirada fija en su rostro; Carlitos tenía un ojo de vidrio, y eso me perturbaba terriblemente. Sé que esta confesión puede parecer cruel para muchos, pero todo aquel que alguna vez leyó a Poe, y se estremeció con el corazón delator, sabe que nadie está exento a que una idea mórbida se instale en nuestra mente; una idea que se aloja y se introduce como un gusano que no encuentra salida dentro de los laberintos oscuros de la mente. Solo basta releer ese magistral relato para descubrir rápidamente la conclusión a que llega el nervioso protagonista: “Me parece que fue su ojo. ¡Sí eso fue! ”. Del mismo modo, yo también tenía esa plena certeza, y un gran temor; la locura, como es fama, puede ser causada por la más mínima obsesión. Y esa fobia amenazaba con transformarse en una poderosa obsesión.
Por eso, después de tanto tiempo, no debo permitir que tales pensamientos vuelvan a dominar mi mente como antaño, y por el bien de mi cordura, me esforcé por alejar esos recuerdos y volver de regreso a la mesa en El Coleccionista; me urge retomar la narración de esta intrincada historia. Una historia que puede cambiar nuestra perspectiva sobre el origen y la morada del mal.
lunes, 27 de abril de 2009
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Me encantoooooooooooooooooo!!!!!!!!!! y el mítico "Coleccionista" se hizo presente!!!!!
ResponderEliminarTratete unos ingredientes :o)
La.