sábado, 31 de enero de 2009

- III -

Muchos han observado que el miedo supremo es el temor a lo desconocido. Por mi parte no creo que sea así. Creo que el peor terror es el que nos infunde el mismo conocimiento, la pura razón, la certeza fáctica de la existencia de ese horror tan temido. Estos son los fundamentos que justifican mi más terrible temor; algo que quizá llame la atención del común de la gente. El caso es que no hay para mí cosa más espeluznante y atemorizante que una noche con cielo despejado y estrellado. Sí, me perturba terriblemente la sensación de sentirme acechado desde los remotos confines del universo. Cuando miro el cielo repleto de estrellas, no siento que estoy observando, sino más bien que soy observado. Me siento indefenso y a merced de la inmensidad cósmica, de los cientos de miles de lejanos objetos que brillan, que parpadean, que emiten señales entre sí, y que dan forma a constelaciones de inequívocas referencias mitológicas. Pero esto tiene una explicación lógica y racional; y es que yo sé perfectamente los horrores que se ocultan y que acechan en las estrellas lejanas.
Saberes ocultos de antiguas razas espaciales, un lejano y desconocido planeta en los confines de nuestro sistema solar, extraños jardines fungiformes y rituales satánicos, fueron algunas de las increíbles revelaciones que se me dieron a conocer.
Sé de las moradas de los Primordiales en el exilio. Sé de sus planes y de sus ambiciones por liberarse y concretar su ansiado retorno. Y ahora también sé de una nueva amenaza que ya se cierne sobre toda la humanidad.

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