sábado, 31 de enero de 2009

- III -

Muchos han observado que el miedo supremo es el temor a lo desconocido. Por mi parte no creo que sea así. Creo que el peor terror es el que nos infunde el mismo conocimiento, la pura razón, la certeza fáctica de la existencia de ese horror tan temido. Estos son los fundamentos que justifican mi más terrible temor; algo que quizá llame la atención del común de la gente. El caso es que no hay para mí cosa más espeluznante y atemorizante que una noche con cielo despejado y estrellado. Sí, me perturba terriblemente la sensación de sentirme acechado desde los remotos confines del universo. Cuando miro el cielo repleto de estrellas, no siento que estoy observando, sino más bien que soy observado. Me siento indefenso y a merced de la inmensidad cósmica, de los cientos de miles de lejanos objetos que brillan, que parpadean, que emiten señales entre sí, y que dan forma a constelaciones de inequívocas referencias mitológicas. Pero esto tiene una explicación lógica y racional; y es que yo sé perfectamente los horrores que se ocultan y que acechan en las estrellas lejanas.
Saberes ocultos de antiguas razas espaciales, un lejano y desconocido planeta en los confines de nuestro sistema solar, extraños jardines fungiformes y rituales satánicos, fueron algunas de las increíbles revelaciones que se me dieron a conocer.
Sé de las moradas de los Primordiales en el exilio. Sé de sus planes y de sus ambiciones por liberarse y concretar su ansiado retorno. Y ahora también sé de una nueva amenaza que ya se cierne sobre toda la humanidad.

martes, 13 de enero de 2009

- IV -

Cómo fue que obtuve ese conocimiento es necesario que sea contado; el destino, que obra de maneras misteriosas, ajeno a nuestras vacilaciones y certezas, nos revela a veces secretos inesperados.
Así sucedió la tarde en que resolví ordenar y acomodar el atiborrado desván de una antigua casona perteneciente a la familia de mis abuelos maternos. Había que desocuparla y acondicionarla para la venta ya que la misma estaba en el proceso legal de sucesión familiar. Sabía que en el inmenso desván se amontonaban numerosos objetos en desuso acumulados desde hace varias generaciones. Por un lado, había cajas y estanterías repletas de libros, revistas y papeles; por el otro, muebles, artefactos, maquinarias y objetos de toda índole. Para mi grata sorpresa, me encontré con verdaderas reliquias que llamaron mucho mi atención; tanto es así que me detuve largo rato observando y entreteniéndome con varias de ellas. Entre los libros me sorprendió encontrar diversos volúmenes referidos al tema del vampirismo; entre ellos un vetusto ejemplar del año 1733, Vernünftige und Christliche Gedancken über die Vampirs Oder Blutsaugenden Thodten, de Johann Christoph Harenberg, filósofo, teólogo e historiador alemán, cuya traducción sería "Conceptos racionales y cristianos sobre vampiros o chupasangres"; otro añejo volumen, El Mundo de los Fantasmas, pertenecía a uno de los autores más reconocidos sobre el tema, el monje benedictino francés Dom Augustin Calmet, abad de Senones, destacado exégeta e ideólogo de la Inquisición, el cual incluía un ensayo titulado Negociación y explicación de la materia y características de los Espíritus y los Vampiros, y así de los retornados de la muerte en Hungría, Moravia, etc.
Pero sin dudas hubo uno que me impresionó sobremanera. Un ligero pero penetrante hedor pútrido, como si se tratase de algún animal muerto, me condujo hasta el cofre de madera donde se hallaba guardado. Era un ejemplar de gran tamaño encuadernado en una escamosa piel negra, cuyo título era: Morspraesagium. Ocupé mucho tiempo en ordenar y guardar en cajas los casi cientos de libros que encontré, y me encargué de separar especialmente algunos de estos ejemplares para llevármelos y poder hojearlos con más tranquilidad en otro momento. No quería irme sin terminar de revisar todos los objetos y artefactos que se alojaban en el desván. Lejos de encontrarme con cosas rotas, inutilizadas y sin valor, el lugar parecía un verdadero museo de antigüedades, una más llamativa que la otra. Esto hizo que me detuviese mucho tiempo más de lo esperado con cada nuevo hallazgo; por ejemplo tratando de hacer funcionar sin éxito una antigua radio a galena de construcción casera, y mas tarde otra mucho más “moderna” a válvula, marca Westinghouse del año 1920; hallé también una antiquísima maquina de escribir “Smith Premier” de fines del siglo XIX, la cual me llamó la atención por tener teclas independientes para mayúsculas y minúsculas; en una caja de madera repleta de fotos familiares, hallé una curiosa cámara Kodak 100 Vista del año 1889, un novedoso modelo que traía un carrete de papel, anterior al de celuloide, de cien fotos circulares. Pero fue un artefacto en particular el que llamó poderosamente mi atención. Se trataba de un fonógrafo original marca Ediphone, una reliquia del año 1908, que asombrosamente se encontraba intacto y en perfecto estado. Este original dispositivo diseñado por Tomas Edison era capaz de grabar sonido, y estaba orientado a la grabación de discursos empresariales, dado que en aquella época la grabación de música no era considerada una aplicación importante. Junto al mismo, y cuidadosamente empaquetado, se encontraba un cilindro de cera, antecesor de los discos de vinilo, prolijamente etiquetado con la siguiente inscripción: “Vermont, 1927, Henry W. Akeley”; sentí mucha curiosidad por escucharla de inmediato, pero ya se había hecho demasiado tarde y en poco tiempo iba a extinguirse la escasa luminosidad que entraba al desván por una exigua ventana. Me apresuré entonces a ordenar y catalogar la mayoría de los objetos y resolví llevarme el fonógrafo a casa, para escuchar la grabación con más tranquilidad. Además, también necesitaba tiempo para informarme sobre el mecanismo de este tipo de artefacto, ya que no tenía ni idea de cómo montar el cilindro y hacerlo funcionar. Durante el camino de regreso, medité sobre los posibles contenidos de la grabación; en un primer momento pensé que podía tratarse de alguna prueba de sonidos intrascendente, o quizás de una breve exposición académica; pero enseguida me invadió el presentimiento de hallar algo misterioso e inesperado.